Definición de Correveidile:

1. Persona que trae y lleva cuentos y chismes // 2. Blog de los amantes de la lengua de Cervantes

domingo, 20 de agosto de 2017

Segundo fragmento de "Enigmas de la Primavera" de João Almino

¿Te perdiste la primera parte? Léela antes aquí

Enigmas de la Primavera de João Almino
(Editorial Record, 2015)[1]

[Continuación…]
Majnun notó que aquellos dos, el libio y el barbudo estadounidense, no se entendían. ¿Serían de sectas diferentes? Parecía obvio que el barbudo pertenecía a un grupo militante, tal vez uno de los que había visitado por internet. Como le pareció grosero preguntarle directamente, introdujo el tema de manera sutil:
— Quería convertirme al Islam, como ya he dicho. Pero, ¿qué Islam?
— El Islam es uno solo — dijo el barbudo.
— Lo que quiero decir es: ¿sería sunita? ¿Chiita? ¿Ismaelita? ¿Sufí? ¿Druso? ¿Alauita? ¿Salafista? ¿Wahabí? ¿Qué diferencia hay?
— Te estás confundiendo. Alauita también es chiita. Los ismaelitas, a pesar de reconocer solo a los primeros siete imanes del chiismo y no a los doce, son chiitas. Salafistas y wahabíes también son sunitas — Dijo el libanés de pelo rizado.
Explicó que los sunitas y chiitas se dividían en la cuestión de la sucesión del Profeta. Para los chiitas, los imanes eran sucesores de Ali, primo y yerno de Mahoma, así como cuarto califa. Dentro del propio chiismo, también habían existido divergencias a propósito de los sucesores: el sexto imam, Já’far as-Sadiq, designó como sucesor a su hijo primogénito Ismael, pero, como este se murió antes de su padre, la sucesión se quedó con su otro hijo, Musa al-Kazim, reconocido como verdadero sucesor por la mayor parte de los chiitas. Otros creyeron, sin embargo, que Ismael no había muerto, que apenas se estaba ocultando, y son sus seguidores. Por esto son conocidos como ismaelitas. Creen que Ismael regresará en el final de los tiempos. Encubren su religión, si están obligados a hacerlo cuando son perseguidos, para prevenirse y resguardarse, lo que está basado en El Corán.
El marroquí, que había permanecido en silencio, sugirió, con una profunda mirada y voz suave, que Majnun fuera a un centro, del cual tuvo la intención de darle la dirección, no obstante el libio se opuso de inmediato, aconsejándole a Majnun que no se involucrase “en aquello”. Le sugirió que fuese a una mezquita.
— ¿Qué mezquita? — le preguntó Majnun.
— Vete a la Mezquita de la M-30, que todo el mundo conoce y puedes localizarla con facilidad.
Acostado en un banco del parque, usando su mochila como almohada y mirando una luna inquisidora, Majnun se adormeció con la idea de que la única salvación estaba en su novela. Allí habría lugar para él, Suzana, Carmen y Laila.
Para hacer los cuatro personajes irreconocibles, incluyéndose a sí mismo, empezó por vestirlos con sus mantas y sus respectivos turbantes y, luego, los trasladó a la Edad Media, más concretamente a Granada. Salpicó alguna que otra palabra en árabe para impresionar al lector. Hizo a Suzana prisionera cristiana del sultán, él mismo, Majnun, quien asumió el papel del padre de Boabdil, el sultán Abul Hassan, el vigésimo primero y penúltimo sultán de Granada. Él, Majnun, ¿no tenía una barba tan espesa como la del sultán? ¿No era del mismo modo malvado y violento? ¿No tenía el corazón tan duro como el del sultán? ¿No era cierto que cambió a su mujer, Fátima, por una prisionera cristiana, Isabel de Solís, que pasó a llamarse Soraya, así como él, Majnun, cambió injustamente a Laila por Suzana? Suzana podría ser Soraya, estrella de la madrugada, y con ella Majnun tendría dos hijos, Saab y Nasr, los mismos que el sultán tuvo con Soraya. Pero, ¿sería justo comparar a Laila con Fátima, también conocida como Aixa al-Hurra, la libre, honrada y honesta? Laila era menos virtuosa y más atractiva que ella, pero en la ficción todo era posible. Cabía, sobre todo, describirse como un depravado. Pues, ¿Abu-l-Hassan Ali no había invitado una vez a los miembros de la corte para asistir a un baño de Soraya y después les había ofrecido, a cada uno de ellos, un cuenco del agua en la que ella se había bañado? ¿No bebía vino y fumaba hachís en fiestas con las esclavas? ¿No era verdad que durante los trece primeros siglos de la Hégira, según la Sharia, el hombre podía comprar esclavas y tener relaciones sexuales con ellas? ¿Que hasta la abolición del califato, por Ataturk en 1924, los califas tenían sus harenes, reservas con centenas o incluso millares de mujeres?
La novela sería realista y trágica. Trágica para él, personaje principal, que perdería la guerra y el trono en favor de su hijo. Para Suzana, o sea Soraya, sería lo contrario: ella triunfaría cuando Boabdil capitulase ante los cristianos; volvería a recuperar su nombre cristiano y bautizaría a sus dos hijos, que se pasarían a ser infantes de Granada, con los nombres de don Fernando y don Juan.
Majnun sintió merecer ese fin trágico. Si nunca había desempeñado los papeles execrables del sultán, había sido apenas por no ser sultán, vivir en el siglo XXI y Suzana no ser su esclava. Él era vil y humano como la maldad, o era la propia maldad.
Pensó en anotar esos pensamientos, añadiendo una advertencia: si no modificase aquella novela, sería injusto con Laila, relegada al papel de una sultana abandonada y, sobre todo, con Carmen, olvidada tras las primeras frases. Pero no anotó nada, ya que estaba oscuro y ya se había instalado y estaba somnoliento en el banco del parque.

¿Dónde están el honor y el deshonor?
Al despertarse con la claridad del día, un jueves, 18 de agosto, cuando quizás el Papa ya estuviese en la ciudad, se dio cuenta de que la noche anterior había entrado otro e-mail de Laila en su iPhone: “No sirve de nada esconderse, la policía sabe que tú compraste las balas”.
¿Qué hacer? No sería un acto de cobardía y sí, al contrario, de valentía, abandonar a todos — Laila, Carmen, Suzana, sus abuelos —, desaparecer sin dejar rastro y trasladarse a un país de África o de Oriente Medio para ayudar en una revolución. Apostaba que era eso lo que el estadounidense barbudo estaba haciendo. ¿Por qué no se había quedado con su contacto?
No iba a preocuparse. Algún día, si volviera a Brasil, iba a aclararlo todo. ¿Y si hubiera una orden de prisión por parte de Interpol?
Inquieto, paseó por el parque y se compró de un mantero sudanés un sombrero de papel hecho en China. Después, tuvo cuidado de desviarse del coche de la policía que ahuyentaba a los vendedores ambulantes, inclusive al sudanés. Salió del parque y desayunó en una panadería de la Plaza de la Independencia.
Caminó hasta el Paseo del Prado y entró en el Museo Thyssen-Bornemisza. Pasó media hora delante de un cuadro de Monet, “El puente de Charing Cross”, de 1899, una tarde, la luz se filtraba a través de la bruma del invierno, unas barcazas bajo el puente, la silueta del Parlamento insinuándose al fondo. Se imaginó tirarse desde aquel puente y diluirse en el paisaje impreciso. 
“Suzana tiene razón. Hace un calor infernal”, pensó al salir. Se quitó la camisa, siguió en dirección al Prado, subió a la derecha, con la mochila en la espalda, por la Calle de las Huertas, y fue leyendo frases de los escritores, inscritas en la calzada. Salió, por fin, en la Plaza de Santa Ana, rodeada de restaurantes y cervecerías, llena de gente.
En una mesa en plena plaza, pidió una caña y solomillo, un lomo de cerdo, acompañado de patatas cocidas. ¿Podría comprometerse, por razones religiosas, a dejar de comer una carne deliciosa? Incluso podría aceptar que “la dieta es el inicio de todo tratamiento”, como quería el Profeta, pero, para eso, ¿dejar de comer carne de cerdo?
Los párpados comenzaron a pesar. Un chico de la mesa de al lado le hizo una pregunta en inglés, que no entendió. Majnun miró a su alrededor. Ya había pasado por allí, por ende los edificios no le parecían familiares, era como si los viera por primera vez y estuviera en un sueño. Los dedos de sus manos estaban hinchados, tal vez a causa del calor. Pensó en Suzana, en Laila. Su corazón latió apresurado y confuso. Se sintió asfixiado, tenía que salir de allí rápidamente.
¿Podría ser Carmen su salvadora? Si ella tuviera móvil, la llamaría. A Suzana, no. De nuevo, el chico de la mesa de al lado trató de entablar una conversación. “Perdón”, Majnun le contestó, en portugués, “no entiendo nada”. Llamó al camarero, pagó la cuenta y se fue huyendo del chico.
Bajó lentamente hacia el barrio de Lavapiés, admirando las fachadas decadentes. Después de cuarenta minutos deambulando, encontró un hotel barato con conexión a internet.
Subió cuatro escaleras con la mochila en la espalda y se acostó, sin lograr echar la siesta española. Con los ojos pegados al techo y la boca entreabierta, se hundió en pensamientos amargos, preguntándose sobre los rumbos de la vida, entre los cuales los únicos claros eran la enfermedad, la muerte o la cárcel, a menos que partiera para luchar en algún lugar impelido por la pena, que puede ser la autora de actos nobles, heroicos en ocasiones.
El tiempo estaba parado. No se podía medir con el metro de las expectativas. Además de eso, cuando pasaba, no empleaba medidas uniformes, era desordenado y lo sorprendía con saltos brutales. La virtud y el vicio, la honra y la deshonra, ¿dónde estarían?
Pensó en deshacerse de los escrúpulos para probar el sentimiento ciego, ser bandido, sin el peso de la moral ni de la buena reputación, probando la libertad salvaje. Su corazón palpitó cuando imaginó el cuerpo desnudo de Suzana, debatiéndose en la cama, contra el suyo. Él debía volver al hotel y enfrentarla; decirle todo. Pero, ¿qué? Él no sabía lo que quería ni mucho menos sabía ser malo. Era un malo malo.
Finalmente, decidió hacer un esfuerzo de reflexión racional, como fuera de sí mismo, un crítico que pudiera observarlo en la distancia. Pensó en un único consejo que su abuelo Sergio le había dado, citando a un filósofo alemán: “Haz aquello que quieras ver convertido en ley universal”. Entonces, como si hubiera encontrado el camino, sacó de la mochila su Corán en árabe. Se sentó en la silla, estiró las piernas sobre la cama, apoyó el ordenador sobre los muslos y se puso manos a la obra. Primero, haría su investigación en internet, para intentar comprender mejor las diferencias entre sunitas y chiitas. Enseguida leería suras en su Corán. Luego encontró una información: con el asesinato del cuarto califa, Ali, primer imán chiita, el califato quedó en manos de Muawiya, que tuvo muchos seguidores, los sunitas, como su abuela — pero no fue reconocido por los chiitas, porque, al contrario de Ali, primo y yerno de Mahoma, por sus venas no corría la sangre del Profeta.

El gorro no hace al musulmán
Era 19 de agosto, viernes. Se despertó temprano y se dio una larga ducha, mientras repasaba los sueños de la noche. En ellos, Laila y Carmen estaban confundidas y Suzana, inexplicablemente, no había aparecido. Mejor, pensó. Ella era insignificante. No quería verla nunca más. Nunca. ¡Nunca más de verdad! Esa mera idea le trajo una punta de alegría que traspareció en una ligera sonrisa con los músculos relajados de la cara. Debería de haber dormido más, empero se sentía muy dispuesto. Se lavó entre los dedos de los pies, puesto que no quería pasar vergüenza si en la Mezquita le hacían lavarse los pies. El viernes era día de celebración, día santificado, el domingo de los musulmanes.
Se afeitó la barba y se cortó las uñas de las manos y de los pies, conforme le había indicado el barbudo estadounidense. Eligió las mejoras ropas: pantalones de lino, aunque arrugados, y un polo azul. ¿Podrá su sombrero sustituir a un turbante? Se puso los zapatos, en lugar de los tenis, con los que anduvo desde que había salido de Brasília.
Tras comer algo en el Café Barbieri, estudió el mapa en Google y se fue en autobús, con El Corán bajo el brazo, en dirección a la Mezquita de la M-30, la Mezquita Omar de Madrid.

Autor: João Almino
Traducción: Mei Santana



[1] La novela Enigmas de la Primavera, de João Almino, fue finalista del Premio Rio de Literatura, una de las 10 finalistas del Premio São Paulo de Literatura, en la categoría de Mejor novela, y semifinalista del Premio Océanos. Su traducción al inglés, Enigmas of Spring, fue publicada por la Dalkey Archive Press, en 2016. Hoy se publica en este blog un fragmento traducido al español, con autorización del propio João Almino al que le agradecemos este gesto tan generoso. 




Biografía sucinta



João Almino nació en Mossoró, Rio Grande do Norte (Brasil), en 1950. Almino es escritor, autor de seis novelas, y diplomático. Entre sus novelas, destacan las que conforman el llamado “Quinteto de Brasilia”, si bien pueden leerse de manera independiente. La obra Ideas sobre dónde pasar el fin del mundo, estuvo nominada al Premio Jabuti y fue ganadora de Premio del Instituto Nacional del Libro y del Premio Candango de Literatura. Cidade livre (Ciudad libre), 2010, ha tenido una gran acogida por el público en general y Las cinco estaciones del amor, como se comprueba por el título, está traducida al español y fue lanzada en México (2003) y en Buenos Aires (2008)

Asimismo posee publicaciones de Historia y Filosofía política, que constituyen un referente para los especialistas en Autoritarismo y Democracia. El autor realizó el doctorado en París, bajo la dirección del filósofo Claude Lefort. También impartió clases en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), UnB, Instituto Rio Branco y en las Universidades de Berkeley, Stanford y Chicago. Parte de su obra está traducida al inglés, francés, español e italiano, entre otras lenguas. El 8 de marzo de 2017, fue elegido para la ABL (Academia Brasileña de Letras) para ocupar la silla 22, en lugar de Ivo Pitanguy.   


Créditos de fotografía: Pio Figueroa

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