Definición de Correveidile:

1. Persona que trae y lleva cuentos y chismes // 2. Blog de los amantes de la lengua de Cervantes

domingo, 13 de agosto de 2017

Primer fragmento de "Enigmas de la Primavera" de João Almino

Enigmas de la Primavera de João Almino
(Editorial Record, 2015)[1]

Capítulo que promete escenas tórridas, que no hay razón para saltarse, incluso porque una promesa no es un hecho ni una deuda

— Date la vuelta del otro lado — Suzana le dijo de nuevo, poco después de entrar en la habitación.
Esta vez Majnun no tuvo duda: era a propósito. Suzana entró en el baño, mal envuelta en una sábana, quizá desnuda por debajo de aquella sábana. Él se acordó de las obras del Museo del Prado y la Suzana real fue asumiendo las formas de la Susana de las pinturas. Pronto se volvió una joven mal envuelta en una sábana que contemplaba una calavera, como en la postal que Laila le había enviado. Una corazonada. Prenuncio de peligro.
Se quitó el calzoncillo. Cuando ella salió del baño, se fue a su encuentro.
— No — gritó ella.
Majnun la arrojó con violencia sobre la cama, ambos desnudos, digladiando.
— Soy virgen — dijo.
Protestas fingidas, pensó él. La giró de espaldas, tirándola hasta el borde de la cama.
Saltemos los detalles.
— Cabrón — repitió ella. — Bruto. Fue una violación — dijo ella, llorando. — Me has violado, hijo de puta.
— No. Solo lo intenté.
— No hables conmigo nunca más — dijo, llorando. Y entonces le saltaron lágrimas y más lágrimas, unas de odio, otras de humillación, otras de rabia de sí misma por haber permitido que aquello sucediera, aunque no hubiera sucedido.
Mientras ella fue al baño, desnuda, para lavarse la espalda, él escribió en un pedacito de papel: "La alegría y la tristeza duermen en la misma cama". Echó el papel dentro de la mochila.
—  Vete de aquí — dijo ella, volviendo del baño, envuelta en una toalla.
— ¿A dónde?
— Al infierno. Aquí sí que no te quedas.
— ¿No eras tú la que quería cambiarse de hotel?
Ella alcanzó una chancla y se la arrojó con toda su fuerza sobre el rostro, lo que a él le pareció una muestra de cariño, como cuando ella lo  había llamado bobo.
Ella puso la toalla de lado y se cubrió con la sábana.
— Hablo en serio. Desaparece de mi vida—dijo, con gritos llorosos.
— Disculpa, es que tú eres...
Pensó en varias jergas que denotaban excitación, pero optó por palabras sensatas, “eres guapa”, agregó, con la voz sofocada por el arrepentimiento.

— Para. ¡Basta, canalla!
Era el mismo término que el marido de Laila le había aplicado a él.
— Si tú supieras…
— Lo sé. Y no me interesa. ¡Desaparece de mi vida, gallina!
Ella tenía razón. Él era un cero a la izquierda, un mierda, un canalla.
— Voy a desaparecer. Nunca más volverás a verme – dijo.
— Genial. Ya estás tardando
La pared tembló. Debía de ser de nuevo la pareja vecina, dos hombres musculosos presionando la cama sobre la pared, como si fuera una máquina pilotera. Esta vez, Majnun no consiguió esbozar su risa, ni Suzana dio a entender que estaba oyendo.
Él caminó por las aceras estrechas, saltando meos y cacas de perro. ¿Por qué sentirse aniquilado, cuando debería estar orgulloso de la osadía?
Suzana iba, con certeza, a comentarlo con Carmen. Después, Carmen le diría: "Majnun, tenía un mejor concepto de ti. Ahora sé quién eres: un canalla". ¡Qué vergüenza! Él era de verdad un idiota. ¿Por qué no conseguía entender a las mujeres? Suzana iba a quejarse a sus padres, la noticia se esparciría por Brasília, llegaría a su abuelo Darío, a su abuela Elvira, incluso hasta su querida abuela Mona... De boca en boca se amplificaría, él estaría expuesto como un violador, un agresor sexual... ¿Y Laila? ¿Le perdonaría?
El deseo era real, había que reconocerlo. ¡No amaba a Suzana, de eso estaba seguro, pero lo calentaba! Solo no lo había demostrado antes, dada su timidez. Desde el momento en el que la había visto deshacer la maleta el día de su llegada a Madrid, se despertaba de madrugada pensando en ella. O más exactamente en su cuerpo, mejor dicho, en los detalles de su cuerpo. Y entonces, comenzaba mentalmente a acariciarla en aquellas partes. Y no solamente a acariciarla. Creía ingenuamente que aquellos ejercicios mentales serían suficientes para calmar sus sentidos.
Lo que había hecho era grave, lo reconoció. Él no era aquella persona que se había abalanzado sobre Suzana o, al contrario, tal vez aquel era su verdadero yo, lascivo y confuso. Vio un bar de tapas con la fachada de una antigua farmacia: baldosa de filete azul y fondo amarillo a ambos lados de la puerta, en los que estaban dibujados un hombre encorbatado de un lado y una mujer con un vestido largo verde del otro, ambos haciendo publicidad de medicamentos. Entró sin saber lo que quería. Profirió frases sin sentido, en portugués, y logró entre ellas balbucear, con labios temblorosos, la palabra "vino", que le fue traído una y otra vez. Bebió hasta completar la dosis cierta y necesaria de insensibilidad, anestesia del alma de quien necesitaba seguir caminando por las calles sin saber adónde iba.
Jadeante, respiraba con dificultad, y su corazón palpitaba. ¿Debía volver al hotel? ¿Disculparse de rodillas con Suzana? ¿Besar sus pies? Presintió, en una fracción de segundo, que Carmen lo protegería. No, él no tenía futuro. Todo estaba perdido. Sería mejor que la policía lo encontrara, que fuera juzgado y arrojado a la cárcel, donde su vida cobraría sentido. Apagó el móvil para no ser molestado.
Mareado, sintió un escalofrío en el calor, tal vez unas décimas de fiebre. ¿Hacia dónde caminaba? Ya había pasado por aquella calle viniendo en dirección contraria. ¿Estaría dando vueltas alrededor de la misma manzana? En una plaza triangular, con mesas en la acera, gente alegre alrededor de cañas y copas de vino gesticulaba sin cesar. ¿Estaría perdido? No. Bastaba con seguir el flujo, caminar por donde los otros caminaban.
¿Habría peligro por coger las calles desiertas y oscuras que más le atraían? Pronto encontró otro flujo de gente y de coches. ¿Qué hora sería? Reconoció la Gran Vía, que bajó siguiendo a un grupo de jóvenes, tal vez todos musulmanes, puesto que la mujer del centro estaba cubierta por un burka. Llegó a la Plaza de Cibeles, desde donde vio la Puerta de Alcalá. Pasados unos minutos, entró en el Parque del Retiro, acordándose de que allí se realizaba la fiesta del perdón. Era eso lo que necesitaba, el perdón. ¿Encontraría a Suzana?
Pasó por el lago, cogió a la izquierda y llegó a una alameda de confesionarios blancos, formas puntiagudas señalando hacia lo alto, cual cola de avión. Por lo que estimó, habría dos centenas de confesionarios. Pero ya era tarde, no había curas, la Fiesta del Perdón ya había terminado, hoy él no sería perdonado.
Cogió un camino a la derecha, que un poco más adelante hacía una curva también a la derecha. Apresuró el paso por el camino desierto, una vez más giró a la derecha y volvió por otra alameda ancha y mal iluminada.
Vio una placa que indicaba Palacio de Cristal. En el camino una chica de blusa de manga larga, sentada en un banco, le sonrió. ¿Estaría atrayendo las atenciones?
El Palacio de Cristal estaba cerrado. Miró su interior a través de las puertas de cristal. La exposición, titulada Continuará, era de una artista nacida en Sarajevo, Maja Bajevic. ¿Tendría relación con las protestas del 15-M? Había una referencia a Walter Benjamin, a una de sus Tesis sobre Filosofía de la Historia, específicamente la Tesis 5. Se sentó en un peldaño de la escalera. Una breve investigación en Google le remitió a una frase: La verdadera imagen del pasado se nos escapa, pues el pasado es una imagen que resplandece en un instante y luego desaparece”.
Se levantó y apoyó el rostro en una de las puertas de cristal del Palacio. Vio lo que parecían andamios, parte de la exposición y, por encima de ellos, palabras escritas sobre una placa de vidrio completamente polvorienta. Se trataba de una instalación, “Performance / categoría-mala suerte”. Eran palabras efímeras, enseguida borradas para que otras pudieran ser escritas. Majnun pudo ver una cita de Antonio Machado: “Incierto es, en realidad, el futuro. ¿Quién sabe lo que va a pasar? Pero incierto es también el pretérito. ¿Quién sabe lo qué pasó?”
Volvió por el mismo camino. ¿La chica aún estaría allá? ¿Seguiría sentada en el banco? ¿Le sonreiría nuevamente?
Ahora, en compañía de dos chicas más, también con blusas de manga larga, ella hablaba con un joven que llevaba un uniforme azul de gimnasia. Majnun pasó muy despacio por su lado y la miró, pero ella lo ignoró. Estaba concentrada en la conversación que era en inglés:
So, have you read the Mormon’s book?
Yes, I have, but

La luna inquisidora y la novela trágica
Al llegar de nuevo al lago, vio al otro lado personas sentadas en los peldaños del Monumento a Alfonso XII. Siguió hacia allí. Sintiendo un viento caliente en el rostro, se emocionó con la luna temblando en el agua. Los árboles, al fondo, se dibujaban sobre el cielo gris pálido, sin nubes y tenuemente claro.
Un grupo de chicos – que había visto antes, con un chico menos y sin la mujer del burka – hablaba en árabe. Se acercó y los saludó, también en árabe. Los jóvenes fueron simpáticos y amables, y su simpatía y amabilidad se redobló cuando se enteraron de que venía desde Brasil. Quisieron encaminar la charla hacia el fútbol, pero a Majnun no le gustaba el fútbol y aún no seguía las polémicas sobre la construcción de estadios como haría en 2013.
Uno de los jóvenes tenía un primo en São Paulo y hacía algunos años había pensado en vivir en Brasil. Intercambiaron impresiones sobre São Paulo, ciudad que se estaba volviendo más violenta que Rio. El chico sonreía, observando a los demás, y principalmente a Majnun, y estiraba, con gesto sutil e irónico, las comisuras de los labios bordeados por un fino bigote.
Majnun quiso librarse de aquella sonrisa provocadora con una pregunta impúdica:
— ¿Sois todos musulmanes?
Sí, todos lo eran. Pero venían de distintos lugares. Él venía de Libia; otro de Marruecos, de una ciudad del norte, cercana a Ceuta; el barbudo, que llevaba un gorro en la cabeza, de los Estados Unidos, y el rubio de pelo rizado, del Líbano.
— ¿Del Líbano?
Majnun, entonces, les contó sus vínculos con el Líbano y Egipto, por parte de sus abuelos paternos.
— En el caso de este tipo, es el padre que viene de Oriente Medio — dijo el libio, apuntando al estadounidense;
— Su padre nació en Yemen — dijo el marroquí. El estadounidense se mantuvo callado y serio.
Majnun habló sobre su abuela, Mona, y las conversaciones que había tenido con ella sobre el Islam, incluso sobre su posible conversión.
Por fin, expuso un tema que le interesaba, sobre todo, aquella noche. Si dos jóvenes no casados tuviesen una relación sexual, ¿Alá les perdonaría?
— Alá no es vengativo. Es tolerante, sapientísimo, como dice El Corán – dijo el chico sonriente de bigote fino, el libio, cuyos labios, hundidos en las comisuras, seguían siendo irónicos.
— Bueno, no te engañes. Por la Sharia, es tan fácil casarse como divorciarse. Pero relaciones sexuales fuera del matrimonio, ni pensar. Los dos debían morir – dijo en árabe, con un perceptible acento, el barbudo del gorro, el estadounidense, un chico alto, de rostro quemado y viril, marcado por pliegues laterales.
Tenía ojos expresivos, llenos de orgullo y le parecieron, a Majnun, de integridad.
— No exageres, ¿dónde sucede eso? — preguntó el libio, el que tenía un primo en São Paulo.
— Tiene que suceder en todas partes, si son musulmanes.
— Son sus ideas radicales.
— Está en El Corán.
— No de esa manera. Y después, son necesarias pruebas: cuatro testigos tienen que haberlo visto, pero haberlo visto todo todo, hasta la pluma dentro del tintero, como dicen los ulemas, lo que hace la regla impracticable.
— En el caso de mujeres adúlteras, no hay duda, deben ser apedreadas hasta la muerte — argumentó el barbudo del gorro, el estadounidense de rostro quemado.
— El Corán no menciona apedreamiento y sí cien vergajazos — aclaró el libio —, pero incluso eso no tiene sentido hoy en día. Para los que cometen adulterio, tanto hombres como mujeres, dice que hay que dejarlos tranquilos si se arrepienten y se corrigen.
— Esos excesos existen en unos pocos lugares, como en Irán: Pena de muerte por apedreamiento para las adúlteras y noventa y nueve latigazos para quien mantenga relaciones sexuales fuera del matrimonio — explicó el libanés rubio de pelo rizado.
Majnun imaginó que, además de sus aproximaciones a Suzana, si fuera musulmán, aquella noche, habría cometido otra violación.
— ¿Está prohibido tomar vino? — preguntó
— No, no está. Si lees el libro con atención, concluye que el vino puede ser fabricado y que produce tanto daños como beneficios. La prohibición es solo para el exceso, que conduce a la intoxicación – respondió el libio.
— En realidad, un verso de Medina dice que las bebidas embriagantes son maniobras abominables de Satanás — defendió el estadounidense.
— No confundas al chico. Mira, no es porque te gusta el vino que no puedes convertirte — dijo el libio.
— ¿Y hay alguna regla sobre cómo vestirse? — quiso saber Majnun, acordándose de que su abuela Mona le había explicado que ella ni tan siquiera necesitaba usar el velo.
— Míranos — dijo el libio. — Este tipo lleva gorro porque quiere. Para las mujeres, sí...
— Pero la fe tiene sus reglas sobre el vestuario, ¿o no las tiene? Puesto que el comportamiento exterior revela la rectitud del espíritu. La felicidad está en imitar a Mahoma. Por eso la obligación de ponerse un turbante cuando se está de pie — informó el estadounidense. — Para las mujeres, la obligación está muy clara: deben preservar sus pudores; deben cubrir el cuello con sus velos y no deben mostrar sus atractivos a no ser a sus maridos, padres, suegros, hijos, hermanos...
— ¿Grabaste eso para controlar a tu novia? — interrumpió el libio.
— El pudor también es una virtud masculina.
— ¡Mira quién habla! ¿Dónde está tu turbante, tío?— Contestó el libio.
— Confieso que debería llevarlo puesto, aunque esté sentado. Mi gorro sustituye, por ahora, al turbante. Y también es importante que comiences con el pie derecho cuando te calzas los zapatos.
— ¿Por qué? — preguntó Majnun.
— Es lo que se debe hacer para que las puertas de la felicidad no se te cierren — esclareció el barbudo alto, el estadounidense de gorro.
— Del mismo modo que debes comer con la mano derecha y que, al cortarte las uñas, debes comenzar por el dedo índice de la mano derecha y terminar por el pulgar de la mano derecha; y que debes comenzar por el dedo meñique del pie derecho y terminar por el dedo meñique del pie izquierdo.


Autor: João Almino
Traducción: Mei Santana



[1] La novela Enigmas de la Primavera, de João Almino, fue finalista del Premio Rio de Literatura, una de las 10 finalistas del Premio São Paulo de Literatura, en la categoría de Mejor novela, y semifinalista del Premio Océanos. Su traducción al inglés, Enigmas of Spring, fue publicada por la Dalkey Archive Press, en 2016. Hoy se publica en este blog un fragmento traducido al español, con autorización del propio João Almino al que le agradecemos este gesto tan generoso.

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Biografía sucinta


João Almino nació en Mossoró, Rio Grande do Norte (Brasil), en 1950. Almino es escritor, autor de seis novelas, y diplomático. Entre sus novelas, destacan las que conforman el llamado “Quinteto de Brasilia”, si bien pueden leerse de manera independiente. La obra Ideas sobre dónde pasar el fin del mundo, estuvo nominada al Premio Jabuti y fue ganadora de Premio del Instituto Nacional del Libro y del Premio Candango de Literatura. Cidade livre (Ciudad libre), 2010, ha tenido una gran acogida por el público en general y Las cinco estaciones del amor, como se comprueba por el título, está traducida al español y fue lanzada en México (2003) y en Buenos Aires (2008)

Asimismo posee publicaciones de Historia y Filosofía política, que constituyen un referente para los especialistas en Autoritarismo y Democracia. El autor realizó el doctorado en París, bajo la dirección del filósofo Claude Lefort. También impartió clases en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), UnB, Instituto Rio Branco y en las Universidades de Berkeley, Stanford y Chicago. Parte de su obra está traducida al inglés, francés, español e italiano, entre otras lenguas. El 8 de marzo de 2017, fue elegido para la ABL (Academia Brasileña de Letras) para ocupar la silla 22, en lugar de Ivo Pitanguy. 


Créditos de fotografía: Pio Figueroa

2 comentarios:

  1. Estoy feliz por haber tenido la oportunidad de traducir la obra (fragmento) de un escritor tan ilustre como es el señor João Almino.¡Muchas gracias!

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  2. Solo tenemos palabras de agradecimiento para João Almino que se ha sumado a nuestras celebraciones de los 2 años del Blog Correveidile. ¡Gracias de todo corazón por compartir parte de su obra! No se lo pierdan, merece la pena...

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