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viernes, 11 de agosto de 2017

"Pedro" de Adenildo Lima

Bajo un sol de casi cuarenta grados, Pedro estaba en medio del cañaveral; tenía solo siete años de edad. La luz radiante ofuscaba sus ojos. Sin embargo, él no podía desistir, puesto que necesitaba cortar muchas cañas de azúcar para comprar una ropa y, así, poder ir a la fiesta más importante que tenía lugar una vez al año en la ciudad, que quedaba a una distancia de dos horas a pie desde el sitio en el que él vivía. 



¿Si Pedro era feliz? No se sabe. Lo que apenas se sabe es que soñaba con poder ir a la fiesta, por primera vez en su vida. Y, para ello, era necesario conseguir el dinero con el trabajo forzoso. Sí, trabajo forzoso, pues vamos a ser sinceros, amigos lectores, cortar caña es uno de los peores trabajos que existen en Brasil. Y, ahora, imaginémonos cómo esto es sufrido para un niño.

Pero Pedro era fuerte, se hacía el fuerte. Y cuando uno cree que lo es, acaba siéndolo. Entonces, lo era. ¿Perdiendo la infancia con siete años? Amigo lector, no es el momento para lágrimas, ni tampoco para lamentos; es el momento de reflexionar. No podemos olvidarnos: es necesario siempre alimentar los sueños. Sí, está claro, hay un conflicto, un villano y un inocente; pero, por otro lado, no podemos olvidar que existe un sueño.

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La mirada de Pedro contrasta con los rayos solares. El reloj marca las tres de la tarde. Rugen las tripas. Tiene hambre. Le hubiera gustado alimentarse; no, él no se alimentó; no tenía alimento. Comió dos plátanos y chupó una caña. Solo eso y nada más.

– ¡Pedro, deja la caña que yo te la ato! Dijo su primo.

– No, no, yo no quiero, soy suficientemente hombre. Responde.

Su primo intenta convencerlo, pero sin éxito. Treinta minutos después, Pedro demuestra cansancio. Se sienta en la paja de la caña. Se acuerda de su madre que, hace dos años, falleció víctima de aquel mismo trabajo. Se acuerda de ella, hablando sobre su mayor sueño: el de un día poder conocer el mar. Y recuerda a la perfección cada detalle que ella comentaba; incluso el barullo de las aguas. Y las lágrimas se derraman afanando aquella cara toda sucia del carbón de la caña.

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Amigos lectores, está claro que hay un delito. Sí, existe la infancia robada de un niño que tiene prohibido hasta soñar. ¿Cómo soñar ante un muro tan alto que quita toda la visión del horizonte? Y Pedro solo quiere conseguir el dinero para comprar una ropa para ir a la fiesta más importante que se celebra una vez al año en su ciudad, que está a una distancia de aproximadamente dos horas a pie desde su casa. Es decir, si es que podemos llamar a aquello de casa. 

No, no lo era. La vivienda en la que él vivía no era un sitio digno de ser llamado casa. Había ratas, cucarachas, a veces, hasta una serpiente se paseaba libremente por el tejado. ¿Y la cama en la que dormía Pedro? Era una puerta vieja de tabla puesta sobre seis taburetes. Él colocaba unos trapos viejos encima, encendía la radio que se quedaba al lado, en una mesita, y se dormía oyendo aquellas canciones nostálgicas. Y todo aquello era mágico para él, intentaba entender cómo era posible que aquel pequeño objeto hablase, cantase.

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Veinte minutos después, aquella angustia, aquella fatiga mezclada con el ansia de desmayo, pasa. Pedro se levanta y vuelve a atar las cañas. Enseguida, realiza el recuento de cuántos haces ya fueron atados. Treinta y seis, dice él, allí, solo, y se ríe, feliz. Luego, levanta la mirada hacia el resto de la caña cortada sobre el suelo. Todavía faltan unos treintas haces. Hoy voy a batir el récord, piensa en silencio.

Y, animado, vuelve a atarlas. Y sin darse cuenta, poco a poco, el sol empieza a dejar el día, dando lugar a la noche. Mira el horizonte, los rayos solares brillan por detrás de las montañas. El reloj marca cinco y media de la tarde. El cañaveral se encuentra en silencio. Solo se oye el barullo de los coches, allá abajo, en la carretera de barro, que van y vienen transportando toneladas de cañas para la factoría. 

Ante el atardecer, un sentimiento de soledad lo abraza. Se acuerda de su padre que fue asesinado en un atraco. Se acuerda de su madre, que al cortarse el brazo en un cañaveral, murió en un hospital, víctima del descuido público, ante una atención precaria e incluso sin médico.

Siente ganas de llorar, pero no llora. Retiene la lágrima en una lucha constante entre los momentos de dolor y recuerdos, que son aliviados por un sueño, por una esperanza de un día conseguir alguna cosa. ¿Qué? No se sabe. Lo que se sabe apenas es que quiere  conseguir el dinero para comprar una camisa, unos tenis, un pantalón o una bermuda para poder ir a la fiesta. Sí, este es su mayor deseo, su mayor sueño.


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El sol se pone. Pedro acaba de atar toda la caña que cortó. Son exactamente las seis de la tarde. Se siente realizado. Y cuenta haz por haz. Sesenta y dos en total. Sonríe. Más de quinientos kilos de caña cortados, piensa. Y, delante del trabajo listo, al sentirse un adulto, se dice a sí mismo: Soy un hombre.


No, no lo es. Sabemos que él no es un adulto. Pedro es un niño de tan solo siete años. Debería estar estudiando y jugando. ¿Trabajando? ¡Jamás! Pero, ¿qué hacer, queridos lectores, si ante todo está la lucha por la supervivencia, la búsqueda de la realización de los sueños? Y ante esta búsqueda ardua, faltan solo once días para que la fiesta suceda, reflexiona.

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Al finalizar un día más de lucha, Pedro, agotado y, al mismo tiempo realizado, se sienta. Se da cuenta de que, por unos momentos, se había olvidado del hambre, pero, al parar, siente el cuerpo débil, el estómago gruñe y su visión se vuelve borrosa. La imagen de su hermana mayor, María Rita; Ritiña, como él la llamaba cariñosamente, le surge como un arrullo, que en ese momento, piensa, debe estar cocinando yuca y asando la sardina para la cena. 

Pedro recuerda, una vez más, a su padre que fue asesinado cuando tan solo tenía 4 años. Y al recordarlo, un sentimiento de amor lo envuelve, pero, al mismo tiempo, le viene un deseo de vengar su muerte. Sí, por supuesto, la violencia no es el mejor camino, piensa. Piaba, su mascota, lo mira y parece que entiende su angustia. Le besa el rostro. Él sonríe y la abraza con mucho cariño.

Amigos lectores, fue precioso aquel momento. Un amor tan sincero por ambas partes. Enseguida ella se acuesta a su lado. Pedro coge una caña, la pela lentamente y la come, con el objetivo de aliviar el hambre y así aguantar hasta llegar a casa. 

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Pero, al terminar de comer la caña comenzó a sentir un frenesí, ganas de desmayarse, acompañada de un fuerte dolor de barriga y temblor en el cuerpo. 

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Pedro tuvo miedo de morir. Y cuando estamos cara a cara con la muerte, la vida parece tan pequeña, tan insignificante. Y así fue como se sintió. Poco a poco, su cuerpo fue desmayándose, desmayándose, llevándolo hacia un sueño eterno.


Sí, amigos lectores, Pedro se durmió y nunca más despertó. De él quedan solo recuerdos de un niño esforzado, batallador, que, al luchar por sus sueños y por su supervivencia, fue vencido por los percances y obstáculos impuestos por el descuido social.

Y delante del cuerpo sin vida, Piaba, su mascota, lo mira, lo mira… Huele su cara y nada, nada. Triste, aúlla, aúlla y sale corriendo hacia la casa, como si fuera a avisar a los familiares de que Pedro nunca más se despertará.

Adenildo Lima

Traducción: Mei Santana

3 comentarios:

  1. Mei, un texto que ¡nos toca el corazón! ¡Excelente trabajo!

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  2. Adenildo Lima, gracias una vez más por regalarnos momentos de intensidad y por tu generosidad para que se lean los cuentos también en español. ¡¡Un abrazo muy cariñoso!!

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    1. Obrigado, e parabéns a Mei Santana pelo excelente trabalho de tradução, e a toda equipe do Blog Correveidile.

      Será sempre um prazer imenso compartilhar alguns textos neste espaço tão especial.

      Abraços,

      Adenildo

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